dilluns, 15 de setembre de 2014

Aquest teu aire suau
i el desig que m'embolcalla
m'omple els ulls
i em vertebra paraules.

Encara que no ho vulgui,
en cada mot que dic
hi ha un bri de tu.

Ja no puc parlar
sense que hi siguis.

Montserrat Abelló

dimecres, 2 de juliol de 2014

Rellotge aturat a les set



En una de les parets de la meva habitació tinc un rellotge antic que ja no funciona. No recordo haver vist mai moure’s les agulles, sempre assenyalen la mateixa hora: les set en punt.

Aquest rellotge és un ornament inútil d’un paret blanquinosa i buida. Malgrat això, hi ha dos moments durant el dia,instants fugaços, en que el vell rellotge ressorgeix de les cendres.
Quan tots els rellotges del poble marquen les set, i la campana de les església fa sonar set vegades el seu cant, el vell rellotge de la meva habitació sembla cobrar vida. Dues vegades, al matí i al vespre, el vell rellotge se sent en harmonia completa amb la resta de l’univers. Si algú el mirés aleshores, només en aquests dos moments, diria que funciona perfectament...Però, així que passa aquest instant, quan les agulles de la resta de rellotges continuen el seu camí, monòton, i el meu vell rellotge perd el pas i roman fidel a aquella hora que un dia va aturar el seu caminar.

Jo estimo aquest rellotge. I com més en parlo,més me l’estimo, perquè sento que cada vegada m’hi assemblo més.Jo també estic aturada en el temps. Jo també em sento clavada i inútil. Jo també sóc, d’alguna manera, un ornament en una paret buida.

Però també gaudeixo de moments fugaços quan arriba la meva hora. Durant aquest temps, sento que estic viva. Tot està clar i el món es torna meravellós. Puc crear, somiar, volar, dir i sentir més coses en aquests instants que en tota la resta del temps. Aquesta harmonia es produeix i es repeteix amb una cadència.

La primera vegada que la vaig sentir, vaig provar d’aferrar-me a aquell instant creient que el podria fer durar per sempre. Però no va ser així. Com al meu amic el rellotge, a mi també se m’escapa el temps dels altres.

Quan aquests moments passen, els altres rellotges continuen girant i jo torno a la meva rutinària mort estàtica, a la meva feina, a les xerrades de cafè, al meu caminar avorrit  que anomeno vida.

Però sé que la vida, la vida és una altra cosa.Jo sé que la vida, la de veritat, és la suma d’aquells moments fugaços en què hem estat amb harmonia amb l’univers.

Tots nosaltres, pobres, creiem que vivim, però només ho fem en els moments de plenitud. Aquells que no sàpiguen això i insisteixin en voler viure sempre, quedaran condemnats al món gris i repetitiu de caminar en la quotidianitat.

Per això m’estimo el meu vell rellotge, perquè ell i jo som la mateixa cosa.


Adaptació d'un conte de Giovanni Papini

diumenge, 29 de juny de 2014

Para mi abuela


Cuando pienso en aquella época... es como si no hubieran pasado tantos años. Yo era una chiquilla, no tendría más de ocho años y mi vida era, más o menos, la de una niña emigrante que vive en el suburbio de una gran ciudad. El matiz es importante. A finales de los años sesenta una cosa era vivir en el centro Barcelona, con sus grandes avenidas y sus destacados parques y monumentos, y otra muy diferente en el extrarradio, de calles empinadas, sin asfaltar, donde no llegaban ni taxis, ni autobuses. Las familias que se trasladaban a vivir allí, procedentes de otros barrios, se veían obligadas a traer los muebles cargándolos en su espalda. Algunas, más afortunadas, alquilaban un carro tirado por una mula. Pero no penséis que aquel era un barrio triste, no. Allí muchas familias plantaron sus sueños de prosperar, para salir de la miseria de aquel pueblo andaluz donde, por poner un ejemplo, no siempre había trabajo y cada día te exponías en la plaza del pueblo esperando ser uno de los elegidos para echar un jornal.

Mi familia era una de las que había llegado a aquel barrio a plantar su sueño pero, mientras ese futuro feliz llegaba, teníamos la costumbre, cada año, en el mes de agosto, de bajar veinte días de vacaciones al pueblo. Aquellos días de agosto forman parte de los momentos felices de mi infancia. El viaje lo hacíamos en coche, yo era la copiloto, mi madre, cansada después de todos los preparativos, se dormía y el enano era un bebé tragón y dormilón. Siempre he sido muy habladora, así que explicaba cosas a mi padre, lo que veía por la carretera que llamaba mi atención, lo que pensaba hacer cuando llegáramos al pueblo…  Y cuando se me acababa el repertorio, ponía música.


Nunca olvidaré el paisaje de la provincia de Jaén en aquellos años. A un lado y al otro de la carretera colinas llenas de olivos, líneas i líneas de olivos. Que curioso! - pensaba yo-, parece como si las hubieran dibujado, todas iguales, tierra olivos, tierra olivos… Después de kilómetros y kilómetros de tierra olivos, tomábamos una pequeña carretera y tras dejar el cementerio a la derecha, veíamos el pequeño pueblo blanco. Ya estamos, paramos un momento, nos lavamos en la fuente y nos cambiamos la ropa - decía mi padre-. Así llegábamos aseados a casa de mi abuela.


Nada más llegar a la puerta todo eran gritos y abrazos por todas partes. Las vecinas se sumaban a la bienvenida y pasábamos un buen rato.

-          Ha llegado mi hijo y su familia! -gritaba mi abuela, al tiempo que nos abrazaba y zarandeaba-.
-          Niña, estás muy seca. ¿No te dan de comer en Barcelona? – me decía la vecina-. Fijaros! Tiene toda la cara de su padre.

Entre abrazos y achuchones, entrabamos las maletas, repartíamos los regalos y nos instalábamos en casa de mi abuela. En el primer piso, la cámara, un espacio amplio donde había dos habitaciones para dormir y dos para guardar el grano y los productos de la matanza del cerdo, jamones, chorizos y otros embutidos que colgaban del techo. También había tinajas con queso, aquel rico queso conservado en aceite. Mi abuelo siempre me decía que a mi me gustaba el queso más que a los ratones.


Aquellos veinte días de vacaciones pasaban rápido, aunque no hacíamos nada espacial, sólo estar en familia, comer, dormir… De aquellas vacaciones hay dos hechos que recuerdo con cariño, uno era las salidas de mi abuela por la mañana – aún no os lo he dicho- se llamaba Virtudes. La abuela Virtudes cogía de buena mañana algún producto de la huerta, como un melón, o tomates, y algo de la matanza de la cámara y se iba al mercado. Cuando volvía traía arengadas, leche, pan… Había días en que regresaba contenta porque había hecho buenos cambios, y otros enfadada y criticando al lechero que por un litro de leche de cabra le había pedido toda la fruta. Toda la familia esperábamos para desayunar a que regresara la abuela, esto nos permitía disfrutar de las viandas que había conseguido y de la conversación que empezaba siempre criticando al lechero y al panadero, porque se estaban haciendo ricos.


El otro hecho se producía al caer la tarde, alrededor de las ocho, mi abuela cogía una silla baja y se dirigía a la plaza del pueblo. ¿Niña te vienes? –me decía-. Y yo, contenta, agarraba su otra mano y subíamos calle arriba hasta llegar a la plaza. Allí se sentaba debajo de un algarrobo y esperaba mientras a su alrededor se iba sentando un grupo de personas que venían también con una silla. Cuando todo el mundo había llegado, se hacía el silencio y mi abuela empezaba a explicar cuentos. Yo me sentaba a su lado, en el suelo, un poco separada para ver los gestos de su cara mientras explicaba historias de amor, historias de mujeres a las que la guardia civil habían cortado el pelo por una cosa que había hecho el marido, historias de fiestas… No recuerdo cuánto tiempo duraban aquellas sesiones, pero si guardo la sensación del momento mágico que vivíamos. Todos los que estamos allí, la escuchábamos. 


Una tarde, cuando acabó, me la quede mirando y le dije:
-          ¿Abuela, por qué explicas cuentos?
-          Para cambiar el mundo – me contestó-.


Las vacaciones de mis ocho años pasaron rápido. Mi familia y yo volvimos a la vida del suburbio de Barcelona, a las calles de barro, a las comidas solitarias, sin abuela y sin cuentos. Y después de aquella vez, pasó mucho tiempo, antes de que pudiéramos volver a bajar al pueblo. Mi madre tuvo problemas de salud, le hicieron una operación de apendicitis de la que tardó tiempo en recuperarse. Por otro lado la familia notaba que su sueño de prosperar empezaba a cumplirse. Claro que para conseguirlo mi padre tubo que aumentar su jornada de trabajo, salía de casa a las seis de la mañana y no regresaba hasta las nueve de la noche, cansado y sin ganas de hablar. Mi madre también trabajaba, en casa, cosiendo. Y yo los ayudaba, haciendo todas las tareas que me pedían. Mi hermano, mucho más pequeño, solo podía crecer feliz, ajeno a nuestro esfuerzo. A veces, estábamos los tres, mis padres y yo, acabando un trabajo a altas horas de la noche, uno al lado del otro, sin hablar, sólo trabajando. Me dolían las manos, después de horas de doblar aquellos boletos que después mi madre cosía, pero no podía parar. Cuando acababa me iba a dormir y ellos seguían un rato más, imagino que hasta que llegaban a su límite.


Después de años de trabajo duro pudimos cambiar de barrio, irnos a vivir a uno... un poco mejor, de calles asfaltadas, donde llegaban autobuses y el metro. Yo había acabado la escuela, así que trabajaba por las mañanas como dependienta de una pastelería y por la tarde estudiaba en el instituto mas cercano, a cuarenta y cinco minutos de autobús. Un año, allá por el mes de mayo, mis padres me dijeron que iríamos al pueblo, en agosto, como cuando era pequeña. La verdad es que ya no me hacía tanta ilusión como antes. Durante aquellos años había visto a mis abuelos que habían pasado temporadas en Barcelona, y la idea de encontrarme con ellos en su espacio natural, no me emocionaba. A pesar de todo, hicimos los preparativos, carretera, después de Despeñaperros los olivos, el cementerio y finalmente, allí estaba, detrás de la colina, el pueblo.


Nada más entrar noté que muchas cosas habían cambiado, para empezar, la calle que nos llevaba a la puerta de la casa de mi abuela estaba perfectamente asfaltada y al llegar, salieron mis abuelos, pero no hubo gritos, ni achuchones y las vecinas… parecía como si no estuvieran. Mis abuelos habían envejecido mucho, les faltaba algún diente y el andar rítmico y ágil de mi abuela había dado paso a un lento, desacompasado. Yo estaba incómoda y pensaba que aquellos veinte días serían muy... largos, pero no podía hacer otra cosa, así que opté por resignarme e intentar pasarlo lo mejor posible.


Mi abuela ya no salía cada mañana a intercambiar productos de su huerta. Ya no había mercado de trueque en la plaza del pueblo, hacía tiempo que lo habían prohibido. Según nos explicó la abuela, por motivos de salud. En cambio habían abierto dos grandes supermercados, uno en cada punta del pueblo, y la mayor parte de los vecinos compraban allí la leche, la fruta, la carne… Ya no había intercambio, pagaban con dinero. 

Ahora muchas familias, después de trabajar dos meses en la aceituna durante el invierno, continuaban percibiendo un pequeño subsidio, cada mes. El caso de mis abuelos era diferente, como eran muy mayores no podían hacer peonadas en la oliva, pero tenían derecho a una remuneración en concepto de jubilación.


El dinero, procedente del subsidio o las jubilaciones, se gastaba en los supermercados y en coches, que antes no había. El cultivo de las tierras había perdido mucha importancia. No es que se hubieran abandonado, pero habían pasado a un segundo plano. Yo había pensado que encontraría aquel pueblo tranquilo de mi infancia, pero aquello que veía no era muy diferente a mi barrio de Barcelona. Hubo un hecho que me sorprendió.


Un día, al caer la tarde mi abuela Virtudes cogió aquella silla bajita i dijo:
-          Me voy a la plaza, a explicar cuentos.
-          Vete con ella, -dijo mi padre-, es muy mayor, mejor que la acompañes.


No hace falta que diga que no me apetecía en absoluto, pero tampoco tenia nada mejor que hacer, así que la acompañé. Iba detrás de ella, observándola como andaba, con su caminar lento, moviéndose de un lado a otro. Cuando llegó a la plaza se sentó cerca de una estatua de cemento que habían levantado, justo donde antes estaba el algarrobo. Yo no me senté a su lado, permanecí de pie y a una cierta distancia. Algunas personas acudieron a escuchar a mi abuela, pocas, pero allí estaban. Hubo algún momento, mientras mi abuela explicaba, en que me quedé mirándola y vi como le brillaban los ojos, cómo su cara se iluminaba y parecía mucho más joven. Hasta yo, adolescente tosca y rebelde, me emocioné escuchándola.


Cuando acabó, me acerqué a ella y, aún no sé por qué me vino a la memoria la misma pregunta que le había hecho cuando era niña.

-          Abuela, ¿Por qué explicas cuentos?
-          Para que el mundo no me cambie a mi.


Aquella respuesta me dejó parada. Des de aquel día han pasado muchos años y muchas veces he vuelto a pensar en la respuesta de mi abuela. Hace tiempo que mi abuela murió. También des hace bastantes años, yo explico cuentos, como mi abuela. Y cada vez que explico un cuento me acuerdo de mi abuela, así que un día decidí escribirle uno a ella, escribir su cuento, que es éste, el que hoy os he explicado.



dissabte, 21 de juny de 2014



EXPOSICIÓ  OLIS I AQUAREL·LES
JORDI PALLARÈS
Cafè
 les 3viles

Diuen que hi ha coses que portem a dins en el moment de néixer. En Jordi Pallarès és un exemple del que explica aquesta frase, perquè va començar a dibuixar quan tenia quatre anys. A casa hi havia un estudi de dibuix i disseny i jo estava tot el dia a sobre de la taula de treball dibuixant.

Va estudiar Belles Arts a Llotja, una escola de llarga tradició on han cursat estudis gairebé la totalitat dels artistes catalans reconeguts, com Picasso. A Llotja en Jordi va obtenir la llicenciatura d’Arts Aplicades: tota la vida he pintat, tot i que no m’hi he dedicat professionalment.

Jordi Pallarès ha fet d’empresari durant molts anys, era el director de cinc Fires de Mostres i està convençut que els grans directius de les empreses han sortit del món artístic. Els creadors poden ser uns bons emprenedors.

Miro l’obra seva exposada al Cafè 3 viles i veig pintures abstractes i figuratives... Jo crec que l’abstracció és el final de l’artista. La meva formació acadèmica em permet fer figuratiu. Sobre els artistes que l’influencien i la motivació en respon: tots, tots els reconeguts, Matisse... Pintar per a mi és una forma de treure el que porto dintre, gaudeixo molt. Tot i que també aquesta última etapa, fent de professor, m’ha anat molt bé.

Jordi Pallarès somriu quan li pregunto quins són els seus colors preferits: mira com vaig vestit! El taronja i el blau. Què et sembla?

Per acabar diu: estic molt content d’aquesta inauguració perquè han vingut tots els meus amics i tota la meva família.

Somriu i segueix fent petons i abraçades a tothom.

Felicitats Jordi!
Sant Vicenç de Montalt, 14 de juny de 2014.





dimecres, 11 de juny de 2014

ORÍGENS




No m’he sentit mai membre d’una comunitat religiosa, tampoc m’he sentit mai totalment d’una nació. En canvi, m’identifico fàcilment amb els afers dels meus veïns,tots sota el mateix cel.

Per això quan fa uns dies el col·lega Juan Carlos, del Grup Fotogràfic de Sant Vicenç de Montalt, em va cridar l’atenció sobre una creu que tenim al nostre municipi, hi havia passat pel costat moltes vegades,però mai havia parat atenció, de seguida vaig començar a buscar informació. La creu té Jesucrist mirant cap a mar i a la Verge Maria de cara al poble.


I buscant i buscant, vaig acabar parlant amb na Blanca Vilà Reyes que em va explicar que aquesta creu la van posar els seus pares als inicis dels anys quaranta del segle vint, per delimitar el terme. El fet que la col·loquessin en aquest lloc,i no a la platja, tots sabem que Sant Vicenç de Montalt arriba fins a mar, es deu segons Blanca Vilà al fet que allà era molt difícil d’instal·lar. La creu va ser feta per en Planas, un escultor de Barcelona, i, inicialment, era més alta, però els canvis d’ubicació, han modificat el basament, cada vegada més baix.


Aquesta petita recerca m’ha ajudat a reflexionar sobre una altra a la que fa anys que hi dono voltes, la recerca de la identitat. Aquests dies tothom en parla, si s’ha de ser un charnego agradecido (mestre Paco Candel), o no... 

A mi, no m’agraden les arrels, i encara menys la imatge. Si pensem en un arbre, veurem que les arrels s’enfonsen en el fang, el lliguen,el mantenen captiu. A mi m’agrada parlar de camins i de persones que fan camí juntes, i aquesta complicitat pot durar anys, o no. Cada camí té el seu origen  i, a cada cruïlla del camí, s’hi sumen altres camins.


Seria quelcom semblant a pertànyer a una identitat col·lectiva que no està subscrita a un territori concret, però sí a un ideal, el que professa l’humanista, en el sentit filosòfic, que considera que les persones són el més important. Per això, és un plaer per a mi compartir aquesta vella història d’un veïns del nostre poble.



Text: Antònia Caño


Fotografia: Joan Carles Molina